En el despliegue renovable la biodiversidad es imprescindible

 

“Trata de dejar la Tierra como un lugar mejor del que llegaste”
Sidney Sheldon

“A río revuelto, ganancia de pescadores”
Adagio popular

 

A las plataformas ciudadanas, que apoyan la necesidad de las renovables pero que exigen que se respeten los principios legales y flujos administrativos de la legislación ambiental y un despliegue distribuido y social, se les acusa de inconsciencia y de ser enemigos del progreso económico. Nada más lejos de la realidad.

La guerra de Ucrania, la última de varias crisis que vienen encadenándose, ha terminado de consumar un frenesí de ansiedad sociogeopolítica que tiene en la energía una de sus preocupaciones clave. La desfavorable coyuntura actual está siendo utilizada por los oligopolios energéticos y sus cohortes políticas y mediáticas para lanzar una campaña de desinformación y manipulación sin precedentes, apoyada por subidas de precios de la que ellos mismos son responsables. Así, estamos siendo testigos del incumplimiento sin ningún tipo de sonrojo de las legislaciones de ordenación del territorio y protección ambiental, o incluso de su neutralización con disposiciones que socavan principios básicos en esas normativas. Décadas de investigación, inversiones y consensos se desmoronan aceleradamente. Parece que ahora el objetivo es aplicar el caduco modelo energético centralizado de las energías fósiles a las energías renovables, maximizando beneficios e implantándolas muchas veces en terrenos comunales de titularidad pública. Adoptando este modelo nos privamos de las auténticas ventajas de la energía renovable, que sólo son compatibles con un despliegue que tome como base a la generación distribuida, gestionadas en términos de progreso social, y con un esencial respeto por la biodiversidad. Estas líneas pretenden contribuir a desarticular y desautorizar esa corriente de pensamiento y acción hoy dominante.

(Arabako Mendiak Aske)

La historia del ser humano es inseparable del despliegue de muchas variables. Nos gustaría destacar dos. Por un lado, Homo sapiens, gracias a su prodigioso desarrollo neurológico, ha sido capaz de desarrollar la cultura como una potente herramienta de adaptación a muchos de los ambientes del planeta Tierra. Por otro, esa cultura, en especial la que tiene su origen en Occidente en los últimos siglos, ha conllevado un aumento meteórico de la complejidad y globalización de la tecnología que ha sido posible gracias a una cada vez más intensiva explotación de los recursos energéticos sin conseguir ni de lejos, no obstante, las eficiencias deseables. El devenir de nuestra especie incluye fases con fuentes de energía dominantes y con densidad energética creciente que ha derivado en un consumo delirante en términos absolutos y relativos. Si el de un cazador recolector neolítico podía resumirse en los 2,3 kWh diarios que su cuerpo necesitaba, un europeo medio llega a la friolera de 74 kWh al día.

Así pues, el estado de abundancia de bienes y servicios del llamado primer mundo se debe a la disponibilidad de ingentes cantidades de energía a un precio bajo, en parte gracias a que el neoliberalismo rechaza asumir las externalidades ambientales, sociales y sanitarias que eso conlleva. El resultado de esa letal e interesada inconsciencia es que nuestro planeta Tierra, el único que tenemos y que tendremos disponible, nos está ya gritando a la cara que si queremos que siga siendo nuestro refugio y sustento debe mantenerse en unas condiciones de las que ya se está alejando. Por tanto debemos cambiar YA nuestra forma de vivir. Así lo atestigua el compendio de indicadores de recursos y de salud ambiental del planeta, que denotan que estamos en la antesala de la tormenta perfecta, cuando no de un más que posible colapso de la presente civilización. Y esto debe traducirse en una transformación de la producción y el consumo que construya una sostenibilidad real. Es decir, tenemos que encarar con consciencia, anticipación y equidad el principio de “decrecimiento sostenible”, anatema para todos aquellos que siguen pensando que el sistema socioeconómico hoy imperante puede y debe seguir creciendo hasta el infinito.

Cualquier estudiante de primeros cursos de física y biología sabe que eso no es posible para ningún sistema… Algunas y algunos, bajo el secuestro de los dogmas y doctrinas neoliberales, más aquel mandato bíblico de “creced, multiplicaos y dominad la tierra”, califican a su vez con desfachatez a esa realidad -certificada sin embargo hasta la saciedad por la ciencia- como “dogma climático/ambiental”. Estas voces alineadas con el statu quo nos advierten de que si aceptamos el decrecimiento correremos el peligro de un empobrecimiento inaceptable, cuando no de una cercenación de nuestros derechos y libertades…

Por supuesto hacen caso omiso además de las lecciones que la Historia nos brinda, de la mano de trabajos sobresalientes, como los del célebre antropólogo Jared Diamond, el cual se ha encargado de investigar y razonar el éxito o colapso de buena parte de las civilizaciones que nos han precedido. Demuestra que muchas de ellas sucumbieron por no ser conscientes o no asumir que su manera de explotar los recursos (bosques, suelo, agua, etc.) era insostenible.

Hoy por hoy el desafío es global, y paradójicamente nuestra cultura, esa, hasta ahora, herramienta de adaptación biológica de la especie humana que al principio citamos, se encuentra en su más dramática encrucijada. O asume la situación y sabe rectificar, o certificará su fracaso de manera dramática. Y es que indefectiblemente nos va a tocar vivir con menos, pero si lo hacemos bien y a tiempo no significará vivir peor.

Es indispensable, por tanto, que todas las personas seamos conscientes de la IMPRESCINDIBILIDAD DE LA NATURALEZA, de que nuestro destino es inseparable al suyo y de la necesidad de actuar en consecuencia en todas y cada una de las facetas de la vida, si es que queremos salir de ésta. Eso evidentemente incluye a la clase política y empresarial… pero también implica a toda la ciudadanía. Esa imprescindibilidad debería estar por encima del debate político. Es por otra parte sintomático que todos los pueblos longevos que quedan sobre la Tierra tengan muy clara su indisoluble e insoslayable dependencia y unión con Ella. Ese valor se ha perdido en una parte demasiado significativa de las poblaciones actuales.

Muchos gestores públicos desconocedores o despreciadores de las leyes de funcionamiento de la Tierra, a través de falsas creencias y paradigmas, están poniendo en serio riesgo nuestro futuro. No parece viable una gestión de las sociedades que no tenga en cuenta lo enumerado hasta ahora y otras cuestiones adyacentes que obviamente no hay espacio aquí para describir.

 

Toda decisión sobre alternativas tecnológicas debe basarse en los principios de análisis de ciclo de vida ambiental, ciclo de costes global y social teniendo en cuenta todo el ciclo de vida de los productos y servicios a considerar. Esto hoy en día es aún una rara avis. Lo que impera es un enfermizo cortoplacismo, una constante búsqueda de rápidos e ingentes beneficios cuyas externalidades sociales, económicas y ambientales pagamos entre todas. En estos días, por ejemplo en Euskadi, y en el ámbito de las energías renovables, estas cuestiones capitales están siendo ignoradas, increíblemente desde el propio Gobierno Vasco. Su comparativamente avanzada normativa de impacto ambiental y de ordenación del territorio simplemente no se aplica, porque si se hiciese no prosperaría ninguna de las ubicaciones planteadas para las centrales eólicas. Para terminar de dinamitar el marco, se promulgan decretos y leyes ad hoc para minimizar los trámites de impacto ambiental y limar el poder de decisión de otras administraciones, prueba adicional de que esas centrales son inviables en el esquema propuesto. En la práctica, por ejemplo, no han tenido empacho en querer imponer centrales eólicas incluso en Zonas de Especial Conservación de la Red Natura 2000.

Y mientras tanto, el poder judicial está en el limbo, y la opinión de buena parte de los funcionarios públicos relacionados con estos temas se encuentra convenientemente silenciada y neutralizada…

A las plataformas ciudadanas, que apoyan la necesidad de las renovables pero que exigen que se respeten los principios legales y flujos administrativos de la legislación ambiental y un despliegue distribuido y social, se les acusa de inconsciencia y de ser enemigos del progreso económico. Nada más lejos de la realidad. Por ejemplo, las distintas alegaciones a proyectos de energía eólica en montes que presenta la plataforma popular Arabako Mendiak Aske aluden a incumplimientos estructurales de prácticamente una media de 35 imprescindibles estrategias, planes y/o leyes ambientales y de ordenación del territorio. Lo que se busca con estas y otras acciones es la coherencia en el despliegue de las renovables.

Esos movimientos populares e independientes, entienden que no nos podemos permitir el lujo de industrializar, y por tanto perder, más zonas montañosas para esas actividades. Deben en definitiva ser declaradas zonas de exclusión para las mismas. La ciudadanía debe saber que no hay nada mejor para mitigar y adaptarse al cambio climático que la preservación y maximización de los ecosistemas maduros, especialmente los boscosos. Y también que la jurisprudencia siempre ha fallado a favor de éstos, cuando ha habido litigios en los que las centrales eólicas pretendían invadir y destrozar esos espacios. Constatar que no hay correcciones de impacto ambiental que compensen la devastación originada por esos proyectos. Es imposible reparar los daños causados por estas industrias en los montes, porque simple y llanamente dejan de ser lo que son. Es por tanto indispensable ubicar las renovables en zonas ya antropizadas. La viabilidad de ese enfoque se demuestra en estrategias como el primer Plan Mugarri de la Diputación Foral de Araba o el estudio para la implantación de energía solar del Centro de Estudios Ambientales de Vitoria-Gasteiz.

Nadie puede esperar salir de esta crisis sistémica socio-económico-política-ambiental sin asumir que no hay lucha contra el Cambio Climático que valga si ésta no es coherente con una Ordenación del Territorio firme y perdurable en el tiempo que asegure la máxima biodiversidad y los recursos ambientales necesarios para la pervivencia del sistema natural, y por tanto de la nuestra. Recursos,-agua potable, suelo fértil, aire puro, energía, materiales, regulación climática, bienestar vital, etc.- que ni siquiera Sánchez Galán, o incluso Elon Musk, podrían pagar si llegado el caso tuviéramos que hacerlo. Dicho sea para los que aún son incapaces de ver el valor intrínseco de la Naturaleza y solo perciben el posible beneficio crematístico de lo que les rodea.

Por último, la ansiedad que vivimos ha provocado que desde ciertas posiciones, ante posibles cantos de sirena que prometen un despliegue más social de esas macroestructuras, se empiece a contemporizar y a dejar en cierto modo de priorizar la variable ambiental. Si queremos construir un futuro sólido para las renovables ambas dimensiones deberán contemplarse simultáneamente. Si así se hace también será posible generar economía, pero esta vez para todas y todos.

Ardua labor nos resta. Tempus fugit

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